Música Clásica online - Noticias, eventos, bios, musica & videos en la web.

Música Clásica y ópera de Classissima

Krystian Zimerman

miércoles 24 de agosto de 2016


Ya nos queda un día menos

29 de junio

Primero de Brahms por Barenboim y Dudamel

Ya nos queda un día menosHace unos días comenté el Segundo concierto para piano de Brahms registrado por Daniel Barenboim, la Staatskapelle de Berlín y Gustavo Dudamel en la Philharmonie de la capital alemana el 1 de septiembre de 2014 por el sello Deutsche Grammophon, editado en doble CD con posible publicación futura en DVD que de momento se hace de rogar. Me dejé entonces en el tintero el Concierto nº 1 que se interpretó en la misma velada y forma parte de la referida publicación, así que es el momento de decir algo sobre él: resultados igualmente excelsos. La verdad es que no sorprende en absoluto que Barenboim roce el cielo, pues a pesar de que anda algo mermado de agilidad digital –los pasajes más virtuosísticos no suenan del todo limpios, incluso en algún momento pasa apuros–, el maestro ha desarrollado su musicalidad como nunca. Por eso ahora, además de ofrecer un sonido brahmsiano a más no poder –denso y redondo, pero también aterciopelado cuando debe–, una pulsación riquísima y un colorido admirable, el de Buenos Aires frasea con una inspiración suprema para desvelarnos, con fraseo libre e imaginativo, siempre presidido por una enorme concentración, todos los rincones de la obra para explicarlas desde la tragedia interior brahmsiana. Y esto consigue haciendo que la garra dramática se fusione con la sensualidad y el humanismo que también están en la partitura, ofreciendo así una aproximación tan profunda como completa en su enfoque, y alcanzando de este modo el equilibrio que ha venido buscando desde su soberbia pero un tanto unilateral grabación con Barbirolli. Tampoco sorprende que Dudamel se muestre vehemente, apasionado y comunicativo a más no poder, pues estas son señas de identidad del artista. Lo que sí nos causa sorpresa, grata sorpresa, es que el joven director venezolano haya controlado todo ese fuego y lo haya encauzado en una interpretación que, además de estar estupendamente planificada, también sabe ser concentrada, meditativa y honda. Y más sorprende aún, como lo hace igualmente en el Concierto nº 2, que tanto el sonido como el fraseo sean cien por cien brahmsiano, dentro de la más pura tradición centroeuropea de los grandes maestros, aunque quizá a esto no sea ajena la excelencia de una orquesta que no solo está en su mejor momento técnico, sino que ha conservado como pocas toda esa tradición y, además, cuenta como titular desde hace ya lustros a un señor que ha cuidado con especial mimo toda esa herencia. No me atrevería a destacar un movimiento por encima de otro en esta colosal interpretación, pero tampoco quiero dejar de hacer referencia a la atractiva mezcla de amargor y espiritualidad que, tanto por parte del piano como desde el podio, ofrece el Adagio. Y como punto no del todo positivo, pero a la postre un tanto anecdótico, se puede señalar que el tema rústico justo antes de la coda final suena algo más dulce de la cuenta, incluso un punto otoñal. En cualquier caso, se trata de una interpretación de primerísima línea, a mi entender superior a las magníficas de Arrau/Giulini, Ashkenazy/Haitink, Zimerman/Bernstein, Barenboim/Mehta (la del DVD) o Zimerman/Rattle (las dos que tienen juntos), y no inferior a los milagros de Barenboim/Barbirolli, Gilels/Jochum, Barenboim/Celibidache y Barenboim/Rattle (la de Atenas antes que la de Berlín). Para mi gusto, incluso, esta con Dudamel es la mejor de todas, por ser la más rica en concepto y la más claramente brahmsiana.

Ya nos queda un día menos

10 de mayo

Los Preludios de Debussy por Zimerman y Aimard

Dos interpretaciones de los Préludes de Debussy en Deutsche Grammophon: la de Krystian Zimerman de 1991 y la de Pierre-Laurent Aimard de 2012. Ambas tienen en común su alejamiento de la ortodoxia impresionista, es decir, de ese colorido difuminado, de esa sensualidad y esa particular delicadeza que apreciamos, por ejemplo, en los registros de Arturo Benedetti Michelangeli –también en el sello amarillo: no hace mucho comenté el Libro II–, para adoptar los dos artistas un enfoque esencial, muy abstracto y hasta cierto punto distanciado, que subraya los aspectos más modernos de esta increíble música. Pero los resultados son muy diferentes. Lo de Zimerman es asombroso, hasta el punto de que nos encontramos ante la que quizá sea la más grande aportación discográfica de su carrera. Su exhibición de virtuosismo parece no tener límites. Encontramos en su lectura una increíble variedad del sonido tanto en volumen como en colores. Enorme concentración, incluso cuando opta por tempi muy lentos. Capacidad para el estatismo, pero también para la agilidad, la teatralidad y hasta la emoción, aun dentro del distanciamiento antes referido: hasta despliega sentido del humor cuando debe. Hay también matices infinitos, a veces minúsculos, pero sin perder de vista nunca el discurso. Y arrebatadoras descargas eléctricas. Lo más asombroso de Zimerman, en cualquier caso, es cómo se atreve a acentuar las tensiones hasta alcanzar picos de enorme fuerza –el sonido, asimismo, ofrece notables aristas–, sin resultar por ello romántico, sino más bien subrayando lo que esta música tiene de visionario. Por si fuera poco, la toma de sonido es extraordinaria, redondeando un doble compacto absolutamente imprescindible. Pierre-Laurent Aimard  posee, por su parte, esa profunda concentración en el fraseo y ese sentido del estatismo y del misterio que demandan estas fascinantes piezas. Hace gala asimismo de una muy apreciable agilidad digital y de una perfecta regulación del sonido, lo que le sirve para recrear esta música con tanta precisión como transparencia. Sin embargo, y en comparación con Krystian Zimerman, Aimard se queda corto en colorido –su lectura es más bien monócroma–, en riqueza de matices sonoros y, sobre todo, en atrevimiento a la hora de subrayar tensiones y marcar aristas, resultando en este sentido su lectura un tanto tímida, cuando no indiferente. La comparación resulta un tanto injusta, porque lo del polaco es algo fuera de serie, pero lo cierto es que el interesado en este repertorio hará bien en atender mucho antes a la referida interpretación, que además estaba mejor grabada que esta otra: ni siquiera escuchándola en HD esta toma está a la altura de la realizada veintiún años atrás.




Ya nos queda un día menos

17 de abril

Concierto para piano nº 2 de Rachmaninov: discografía comparada

Actualización: 17-04-2016. Esta entrada se publicó por primera vez el 27 de diciembre de 2013. Añado ahora comentarios de las interpretaciones de Janis/Dorati, Entremont/Bernstein, Vásáry/Ahronovitch, Grimaud/López Cobos, Grimaud/Ashkenazy, Kawamura/Belohlavek y Kissin/Chung. Lamento no haber podido escuchar la mayoría de las grabaciones recomendadas por los lectores. _____________________ La historia la conocen ustedes de sobra: Rachmaninov cayó en una tremenda depresión tras el estreno de su Primera sinfonía, pero este Concierto para piano y orquesta nº 2, compuesto entre 1900 y 1901, le sacó de la postración y le convirtió en uno de los artistas más populares y queridos del siglo XX, mal que le pese a los pedantorros comprometidos con la modernidad. No es, con todo, la mejor obra concertante del autor ruso: a mi entender, ese puesto se lo merecen sus muy tardías Variaciones sobre un tema de Paganini. En cualquier caso, se trata de una partitura muy bella a la que con sumo placer le he dedicado en las últimas semanas unas cuantas horas de audición que me ha permitido realizar esta pequeña comparativa. No hay la menor intención de sentar cátedra: no son más que unos apuntes para intercambiar opiniones. Son sus movimientos: 1- Moderato; 2 – Adagio sostenuto; 3 – Allegro scherzando 1. Rachmaninov. Stokowski/Philadelphia (Naxos, 1929). El gran interés de este registro es, obviamente, escuchar al propio compositor al piano. Desde luego está magnífico, haciendo gala de una gran agilidad, naturalidad y flexibilidad en su parte. Lo curioso es que no se preocupa tanto de la vertiente melancólica como de la más extravertida de su música, como si le quisiera dar la razón a los que ven en él –muy injustamente– un creador superficial y exhibicionista. Muy meritoria la encendida y entusiasta batuta de un Stokowsky que también sabe recrearse bien en la parte lírica de la obra, si bien es cierto que algunas frases podrían estar más paladeadas y que hay algún que otro exceso y contundencia marca de la casa. La toma sonora, como es lógico, deja mucho que desear. (8) 2. Rubinstein. Reiner/Chicago (RCA, 1956). Del pianista polaco hay que admirar la prodigiosa naturalidad, fluidez, transparencia y sinceridad de su trabajo, aquí no especialmente personal ni inspirado, pero sí apasionado, flexible, variado y lleno de virtuosismo, pero su conjunción con Reiner no termina de redondearse. El primer movimiento, encendido, rústico y viril, decepciona relativamente por una batuta que se precipita un tanto y que no profundiza todo lo que debe en el lado lírico y sensual de la obra. Magnífico el segundo, muy bien paladeado por la batuta pero dotado también de un punto de dramatismo y rebeldía. El Allegro scherzando tiene altibajos, pero alcanza un final de innegable grandiosidad y apasionamiento. Sonido estupendo para la época. (8)    3. Richter. Sanderling/Filarmónica de Leningrado (Praga, febrero 1959). Un director de fraseo cálido, humanístico y ajeno a excesos. Un pianista de fraseo lento y concentrado, sensibilidad honda y gran creatividad al que le interesa mucho antes la sustancia dramática –y la relación entre una nota en la siguiente, siempre llena de significado– que la belleza sonora o el mero virtuosismo. Entre dos artistas de tan grande calibre se supone que la interpretación debería ser colosal, mas no termina de ser así: en el primer movimiento el célebre tema principal suena un punto enfático, incluso hinchado, en la sección central del segundo el solista se echa a correr y en el tercero vuelve, poco antes del final, el fraseo algo hipertrofiado e insincero. (8)      4. Richter. Wislocki/Filarmónica de Varsovia (DG, abril 1959). Un par de meses después de su registro en vivo, Richter se metió en el estudio de grabación para dejar su grabación oficial de la obra. Las frases enfáticas de la orquesta en los movimientos extremos siguen aquí, lo que deja claro que no eran cosa de Sanderling sino del propio pianista. Desgraciadamente, Richter no consigue aquí la escalofriante introducción de la anterior ocasión, si bien en la sección rápida del Adagio sostenuto esta vez no se precipita como entonces. Por otra parte, Stanislaw Wislocki carece de la personalidad cálida y comunicativa de su colega, y la formación polaca no posee la belleza sonora de la Filarmónica de Leningrado, así que la interpretación en vivo resulta globalmente preferible. Esta de DG suena, lógicamente, mucho mejor. (7) 5. Janis. Dorati/Sinfónica de Minneapolis (Mercury, 1960). Dirección bien delineada pero seca, fría y escasamente sensual, muy ajena al estilo, al servicio de un pianista de enorme virtuosismo pero bastante cuadriculado en el fraseo que se queda en la mera brillantez en los movimientos extremos, para ofrecer entremedias un Adagio sostenuto tan bonito como insustancial. Incluso escuchada en HD-audio, la toma sonora queda por debajo de lo que el mito de Mercury Living Presence hace esperar. (6)  6. Entremont. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1960). Hay que distinguir aquí entre el Bernstein del Adagio sostenuto, lento y concentrado, atento a paladear las melodías con delectación –aunque sin terminar de resultar todo lo emotivo que debiera–, del Bernstein de los dos movimiento extremos, extrovertido y con gancho pero al mismo tiempo de fraseo impulsivo, por no decir exhibicionista, más atento al golpe de efecto que a la planificación minuciosa y a la creatividad, además de un tanto ajeno al estilo. El joven Entremont –treinta y cuatro años– transita por senda parecida, ofreciendo más fuego que sensualidad, humanismo o poesía, y cayendo no pocas veces en la pura exhibición de agilidad pianística ajena al matiz expresivo. La orquesta no puede ocultar sus limitaciones, y la toma sonora tampoco está a la altura. (6) 7. Van Cliburn. Reiner/Chicago (RCA, 1962). El joven pianista tejano aporta incuestionable virtuosismo, un fraseo sin precipitaciones y gran sensatez expresiva. El veterano maestro húngaro, romanticismo objetivo, viril y sin devaneos, además de un fabuloso control de los medios. A ambos les falta riqueza de matices, variedad expresiva y una buena dosis de emotividad. De temperatura emocional, incluso: el gran clímax del primer movimiento sobre el tema principal le falta fuerza. El sonido en SACD es bueno sin más. (7)      8. Wild. Horenstein/Royal Philharmonic (Chesky-Chandos, 1965). La dirección de Horenstein, aunque muy poco afín con el estilo y no muy emotiva, es globalmente digna por su buen pulso y acertado sentido dramático. El problema es Wild: pulsación nítida pero más bien neutra, fraseo de monocorde, escasez de aliento poético y búsqueda exclusiva de la espectacularidad. Al final, cascadas de notas una detrás de la otra, todas iguales, concatenadas sin la menor intención expresiva. Muy buena la toma sonora, como era habitual en las producciones de Charles Gerhardt. (5)     9. Ashkenazy. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1970). El más grande pianista en Rachmaninov –variado en su sonido, altamente creativo pero sin narcisismos– se encuentra con la mejor batuta para este repertorio. El resultado es memorable, por todo: idioma, calidez, vuelo poético, melancolía en su dosis justa, claridad, riqueza tímbrica, variedad sonora, rusticidad bien entendida, energía… La orquesta londinense está muy aprovechada y alcanza un sonido ideal para el autor. La versión ideal, que tras la último reprocesado –háganse a ser posible con la versión HD– suena, por si fuera poco, muchísimo mejor que antes. (10) 10. Rubinstein. Ormandy/Philadelphia (RCA, 1971). Ormandy fue un maestro particularmente afín a este repertorio, y aquí lo demuestra con una dirección realmente magnífica, equilibrada entre lo rústico y lo melancólico, ausente de efectismos y atenta a las texturas orquestales. Impresionantes, por descontado, los músicos de Filadelfia, sobresaliendo unas maderas muy carnosas. El anciano Rubinstein se muestra igual de sensible, ágil y equilibrado que entonces. que con Reiner, pero ahora aún más flexible, variado y emocionante. Sería estupendo que algún día se recuperase la toma cuadrafónica original. (9)    11. Weissenberg. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1973). Todo está en su sitio, las sonoridades son muy hermosas, y el equilibrio entre una apreciable opulencia sonora y un refinamiento extremo está muy conseguido. No podía ser menos con Karajan. El problema es que el maestro, que opta en principio por la vertiente lírica y evocadora de la página, no parece lograr sus objetivos: el resultado es frío. El pianista es todo agilidad y no se precipita, pero su sonido no es muy variado, matiza poco y, en general, se muestra cuadriculado. (6)  12. Vásáry. Yuri Ahronovitch/Sinfónica de Londres (DG, 1975). Excelente toma sonora –salvo en los fortísimos– para una interpretación sosegada, dicha con enorme belleza sonora y fraseada con tanta sensualidad como sentido cantable, pero en exceso centrada en los aspectos más ensoñados y contemplativos de esta música –sobre todo en el segundo movimiento, claro–, echándose de menos tanto el regusto amargo de la particular melancolía del autor como esa incisividad y esa garra dramática que también deben ser ingredientes de la misma. Una recreación, en definitiva, para escuchar a la luz de la luna dejándose embriagar por las fragancias del jardín, pero no para profundizar en la partitura. (8)    13. Ashkenazy. Haitink/Concertgebouw (Decca, 1984). Haciendo gala de su habitual objetividad, claridad, ausencia absoluta de devaneos sonoros y buen pulso, Haitink construye una interpretación lenta y maravillosamente paladeada, muy introvertida y meditativa, pero no por ello falta de brillantez y garra cuando debe. Impresionante toda la última sección del tercer movimiento, intensa y conmovedora sin perder lo más mínimo la lentitud del pulso, y de una grandeza unida a la mayor sinceridad. Ashkenazy vuelve a mostrarse pletórico de virtuosismo y perfecto en el idioma, variado en el sonido, sensible en su punto justo, paladeando y matizando con minuciosidad y sentido. La orquesta holandesa, fabulosa en lo técnico y rebosante de musicalidad. Toma sonora a la altura de las circunstancias. Otra referencia. (10)     14. Kissin. Gergiev/Sinfónica de Londres (RCA, 1988). A sus diecisiete años Kissin está sensacional, arrebatador pero muy controlado al mismo tiempo, exhibiendo un sonido riquísimo de amplia gama dinámica, una enorme claridad y una gran atención a los matices sin caer en amaneramientos. Gergiev se encuentra en su salsa en los momentos más extrovertidos, dichos con garra y sonido apropiado, pero se pierde en los más íntimos, cayendo con frecuencia en lo blando, en la timidez expresiva e incluso en la ñoñería. ¡Qué oportunidad perdida! (7)      15. Gavrilov. Ashkenazy/Royal Philharmonic (EMI, 1989). El artista que mejor ha interpretado la obra desde el teclado se encuentra todavía por estas fechas –poco después comenzaría un largo declive– en su gran momento como director, y al empuñar aquí la batuta ofrece una recreación vehemente, apasionada, perfecta en estilo y rica en detalles de elevada inspiración, aunque también algo precipitada por momentos. Quien desconcierta es el pianista, dueño de un toque riquísimo y pletórico de virtuosismo, pero considerablemente desigual en la concentración, alternando pasajes maravillosamente paladeados con otros interesado en hacer alarde de la agilidad digital y dichos por completo de pasada. La toma sonora del CD –existe una filmación comercializada en su día y ahora disponible en YouTube– dista de convencer para la fecha pese a estar realizada contando con la excelente acústica de la Gran Sala del Conservatorio de Moscú. (8)     16. Bronfman. Salonen/Philharmonia (Sony, 1990). Ciertamente el maestro nórdico hace honor a su fama de artista analítico y objetivo con una interpretación de magnífico trazo, admirablemente desmenuzada, sometida a un riguroso control de la forma y por completo ajena a efectismos, amaneramientos y cualquier suerte de devaneo sonoro, pero no puede considerarse que su realización resulte fría ni distanciada. De hecho Salonen se toma las cosas con calma, paladea con singular nobleza las melodías y sabe ofrecer una serena calidez poética un Adagio sostenuto esencial y contenido, sin dejar de ofrecer en los movimientos extremos, ya que no especial garra dramática, una irreprochable construcción de las tensiones. Bronfman, de toque ágil e incisivo, se muestra sobrado de virtuosismo y sabe atender a todas las facetas expresivas de la partitura, solo en contados momentos dejándose llevar por el mero mecanicismo con que algunas frases de la partitura suelen tentar al solista. (9) 17. Grimaud. López Cobos/Royal Philharmonic (Denon, 1992). Una Grimaud de tan solo veintidós años hace gala de un sonido muy bello –más que musculado o poderoso–, una enorme agilidad y un asombroso dominio de la gama dinámica para ofrecer una interpretación apolínea ante todo, fluida y equilibrada, de admirable cantabilidad y delicado lirismo, aunque no por ello exenta de garra. En cualquier caso, le falta aún una vuelta de tuerca en lo expresivo, y le sobra la tendencia a lo cuadriculado en la sección virtuosística del segundo movimiento. La dirección de López Cobos es cuidadosa y de apreciable belleza, antes que atmosférica o apasionada, y sabe ofrecer brillantez bien entendida en el movimiento conclusivo. No muy lograda la toma, a pesar de estar realizada en Abbey Road. (8)    18. Thibaudet. Ashkenazy/Cleveland (Decca, 1993). Técnicamente la interpretación resulta inobjetable. Ashkenazy controla de maravilla a la fabulosa orquesta, haciéndola sonar además en el punto justo de equilibrio entre lo rocoso y lo sensual que necesita Rachmaninov, mientras que Thibaudet, de sonido afilado pero poderoso, ejecuta las cascadas de notas con una limpieza fuera de lo común. Interpretativamente el asunto es harina de otro costal, porque los dos artistas, aun desenvolviéndose de maravilla en el estilo –faltaría más en el caso del de Gorki–, evidencian una extraña irregularidad en la concentración y escaso interés por los matices expresivos. El primer movimiento comienza con irreprochable corrección pero de desarrolla de manera un tanto lineal hasta llegar a un clímax central adecuadamente poderoso para a partir de ahí ofrecer –sobre todo en la orquesta– una calidez en el fraseo y una emotividad absolutamente acongojantes. El Adagio sostenuto está desgranado con esa peculiar mezcla de delicadeza y nostalgia que necesita, pero incomprensiblemente en la sección rápida central el pianista se echa a correr para realizar una exhibición del más vacuo virtuosismo. Flojo, finalmente, el Allegro scherzando, con una batuta que desaprovecha por completo las posibilidades melódicas del tema principal en su primera aparición y un pianista de nuevo obsesionado por dejar clara su agilidad. La apoteosis final sí alcanza mucha garra dramática, pero no puede evitar el agridulce sabor de boca. Magnífica la toma. (7) 19. Ogawa. Owain Arwel Hughes/Sinfónica de Malmö (BIS, 1997). La gran virtud de esta interpretación en la amplitud de sus tempi y la manera en la que, amparándose en ellos, se frasea con naturalidad y vuelo lírico, dejando a la música respirar y no cayendo en la menor precipitación. Ahora bien, mientras la pianista oriental se mueve muy bien dentro de este concepto haciendo gala de un fraseo muy bello y sensible, ya que no de un sonido del todo adecuado para el compositor ni de un temperamento con toda la garra dramática que debiera, el maestro galés no logra tensar la arquitectura ni inyectar teatralidad, ni elocuencia ni variedad expresiva a las intervenciones de una orquesta que tampoco es muy allá: a la postre la arquitectura se le viene abajo. Soberbia la ingeniería de sonido. (7) 20. Volodos. Chailly/Concertgebouw (YouTube, Proms 1997). De los BBC Proms nos llega una interpretación pletórica de virtuosismo, de entusiasmo y de brillantez, a la que le falta un punto más de emoción y de idioma para ser excepcional, así como algo más de poesía en los pasajes en los que el solista se deja llevar por los fuegos artificiales. Como sale gratis, merece la pena conocerla. (8)   21. Grimaud. Ashkenazy/Philharminia (Teldec, 2000). Han pasado ocho años desde su primera grabación y, aun siendo el enfoque de nuevo lírico y apolíneo ante todo, la pianista francesa ha madurado su lectura y ahora ofrece mayores dosis de apasionamiento, más atención a los matices –sigue habiendo alguna frase un punto mecánica– y, en general, mayor sensibilidad. Claro que lo que marca la gran diferencia es la dirección de un Ashkenazy que conoce como pocos el lenguaje del compositor y, haciendo ahora gala de mayor concentración que cuando dirigía a Gavrilov y a Thibaudet, se lanza en plancha a poner de relieve los aspectos más emotivos de la obra, atendiendo de forma especial a la atmósfera, a la melancolía y a la voluptuosidad bien entendida, ofreciendo además detalles de gran elegancia y sutileza. Entre los dos artistas ofrecen momentos verdaderamente mágicos, como el final del primer movimiento, y consiguen el que quizá sea el Adagio sostenuto más hermoso de todas las grabaciones comentadas. Se podrán preferir enfoques más dramáticos y escarpados, pero como interpretación lírica esta es la número uno. (10)   22. Zimerman. Ozawa/Boston (DG, 2000). Increíble de virtuosismo por su claridad digital, riqueza sonora y variedad del sonido, el pianista polaco ofrece una recreación intensa y sentida, pero no muy dada al vuelo lírico, ni al exceso de melancolía ni a los arrebatos románticos, sino manteniendo siempre ese punto de “intelectualidad” que caracteriza su arte. El maestro oriental acompaña con muchísima claridad y gran refinamiento. A ambos se les habría de pedir un punto más de garra, así como de idioma, para que la interpretación fuera genial. La toma sonora no termina de convencer: pone en muy primer plano al piano. (9)     23. Scherbakov. Yablonsky/Snfónica del Estado Ruso (Naxos, 2002). Aunque el interés del sello Naxos al grabar este disco era mostrar las posibilidades del SACD y el DVD-Audio (no lo consiguió del todo: la naturalidad de la reproducción es grande pero la toma original no especialmente memorable), lo cierto es que nos encontramos ante una interpretación de muy buen nivel a cargo de un pianista que frasea con sensibilidad, sin la menor rigidez, acompañado de una batuta que hace sonar con gran belleza a la orquesta –magnífica la cuerda– y desgrana la partitura con apreciable aliento lírico. Para terminar de convencer sería necesario un enfoque menos ensoñado, con más garra dramática, un toque más variado al piano y, en general, una dosis mayor de imaginación y compromiso expresivo. (8)    24. Lang Lang. Gergiev/Mariinsky (DG, 2004). Tras una introducción lentísima y genial, Lan Lang empieza a vacilar entre momentos muy logrados y otros en los que se precipita en el más insustancial virtuosismo. Y es que el pianista oriental tiene una vena exhibicionista que de vez en cuando sale a flote llegando a ponerse por encima de su incuestionable talento: este es el caso. No ayuda precisamente la batuta (¡oh, no, otra vez él!) de Valery Gergiev, en exceso robusta, gruesa y vulgar. En suma, una interpretación vistosa pero deslavazada e insincera. A olvidar. (6)     25. Leif Ove Andsnes. Pappano/Filarmónica de Berlín (EMI, 2005). Pappano procura acentuar contrastes, haciendo que las partes extrovertidas suenen especialmente juveniles e impetuosas y que las introvertidas lo hagan con lirismo especialmente delicado. Por fortuna logra no caer ni en la brutalidad ni en la blandura, respectivamente, si bien el resultado es más vistoso que profundo. El pianista ofrece virtuosismo sobrado y una apreciable objetividad, aunque le falta un punto de imaginación y emotividad. Registro notable pero innecesario. (8)  26. Grimaud. Abbado/Lucerna (DVD DG, 2008). Batuta y solista coinciden en huir de la ampulosidad, el decadentismo y la retórica para ofrecer una lectura sobria, elegante y analítica, de enorme transparencia, muy fluida, en la que en cualquier caso la enorme poesía y concentración de la pianista, que consigue un bellísimo pero nada almibarado Adagio sostenuto, se pone por encima de una batuta más preocupada por el refinamiento y la levedad del sonido que por la calidez expresiva. (9)      27. Yuja Wang. Abbado/Mahler Chamber Orchestra (DG, 2010). En este registro en vivo el director italiano vuelve a ofrecer una dirección tan vistosa y eficaz como superficial y obsesionada por esas texturas leves, refinadas y muy pulidas que tanto gustan al maestro. Muy por debajo de la Grimaud la pianista oriental: agilísima, objetiva y sin narcisismos, pero cuadriculada, aséptica y tendente al mero virtuosismo. (6) 28. Kawamura. Belohlavek/Filarmónica Checa (RCA, 2013). Ya desde los acordes iniciales del piano, particularmente decididos y amenazantes, queda bien claro que esta no va a ser una interpretación rutinaria. Efectivamente, solista y director coinciden en alejarse del Rachmaninov sensual, evocador y ensoñado –estamos aquí en las antípodas de Vásáry con Ahronovitch, para entendernos– y ofrecer una visión ante todo encendida e impetuosa, de pasiones de altos vuelos, por momentos muy escarpada, a veces rotunda, y de una vehemencia que, por fortuna, no hace caer a ninguno de los dos en el mecanicismo ni en lo cuadriculado. Antes el contrario, la joven pianista japonesa –de sonido poderoso, algo percutivo– y el maduro maestro checo frasean de manera flexible e imaginativa, ofreciendo numerosos detalles personales que, todo sea dicho, no siempre acaban de convencer. De hecho, aunque globalmente la lectura engancha, el vuelo poético no termina de surgir, en parte por lo unilateral del enfoque, en parte porque probablemente ninguno de los artistas termina de sintonizar con el universo sonoro y expresivo de Rachmaninov. La toma sonora, realizada en vivo, es muy buena, y escuchada en HD audio ofrece gran relieve a los contrabajos –aquí a la izquierda–, pero se echa de menos espacio en la sala: todo suena en exceso apegotonado. (8)  29. Kissin. Chung/Filarmónica de Radio Francia (YouTube, 2014). A tenor de lo que le estamos escuchando en los últimos años, Kissin parece haber entrado en una fase en la que le preocupa más el análisis objetivo de la partitura que la intensidad emocional. Efectivamente, este Segundo está todo lo increíblemente bien tocado que en él se puede esperar, con un sonido tan poderoso como bien controlado en la dinámica, y se encuentra clarificado en todas sus líneas de una manera difícilmente superable por cualquier otro pianista, pero ese fuego, esa imaginación, ese compromiso interpretativo de antaño parecen hoy en cierto modo atenuados. La dirección de Myung-Whun Chung, curvilínea y rica en el color, se escora claramente hacia lo sensual y lo ensoñado, ofreciendo un Adagio sostenuto muy bello pero quedándose falto de fuego en los movimientos extremos, hasta llegar a incurrir –tema lírico del Allegro scherzando– en una blandura bastante molesta. (8)



Ya nos queda un día menos

3 de abril

Preludios de Debussy por Benedetti Michelangeli

Creo que fue en 1991 o a principios de 1992 cuando El Corte Inglés, a raíz de la hegemonía del compact disc, realizó una tremenda destacalogación de sus discos de vinilo: todos a 400 pesetas. Como yo era studente e povero, encontré ahí una oportunidad de ampliar mi colección con interpretaciones que hasta entonces solo podía conseguir si las grababa de alguna emisión radiofónica. Logré así meter en mi incipiente discoteca un buen número de títulos que aún conservo con mucho cariño. Entre ellos, este Libro segundo de los Préludes de Claude Debussy que ese ser extrañísimo llamado Arturo Benedetti Michelangeli había grabado para Deutsche Grammophon en agosto de 1988, diez años después de haber hecho lo propio con el Libro primero para el mismo sello. Fue mi primer acercamiento a este fascinante universo musical, que completé años más tarde cuando un amigo me grabó la colección completa que grabaría en 1991 Krystian Zimerman con asombrosos resultados artísticos. El disco del pianista italiano lo dejé entonces arrinconado. No hace mucho logré encontrarlo por tan solo 3 euros en una tienda madrileña de segunda mano y finalmente, después de repasarme la noche de ayer sábado la interpretación de Zimerman (¡asombrosa!), he vuelto a escucharlo. Se trata de una recreación de estilo ortodoxo y de enorme musicalidad, que sabe ser misteriosa sin llegar a lo vaporoso, atenta al detalle sin ser preciosista y sensual sin caer en languideces; se diría incluso que Benedetti Michelangeli gusta de mantener cierta sobriedad y de hacer gala de una tensión interna que le viene muy bien a esta música. Todo ello lo lleva a cabo, en cualquier caso, haciendo gala de un gran dominio de los recursos técnicos del piano y de una poderosa concentración, pero si algo caracteriza esta propuesta es su comunicatividad e inmediatez expresiva: el maestro deja bien claro que la ambigüedad y el carácter no poco inquietante de estas páginas, mucho antes conectadas con el mundo del simbolismo que con el del impresionismo pictórico, no implican que el pianista deba resultar distante en la expresión. Total, un disco que voy a seguir admirando mucho pese a que Zimerman, en una línea bastante menos ortodoxa, iba a conseguir unos resultados aún más impresionantes. De esa grabación, y de la más reciente de Aimard, hablaré otro día.

Ya nos queda un día menos

25 de noviembre

Concierto para piano de Grieg: discografía comparada

Grieg escribió su hermosísimo Concierto para piano en 1868. Única obra concertante del autor, y éxito absoluto. Hoy son centenares las grabaciones del mismo, generalmente acoplado con el que fue su modelo, obviamente el de Schumann. Precisamente escorarse en exceso hacia el universo de este último compositor es uno de los riesgos que conlleva esta partitura nada fácil de interpretar. Tanto que, siendo muchos los grandísimos pianistas que han acercado a ella, quizá solo uno de ellos haya hecho plena justicia a la pieza: Claudio Arrau. Pero hay otros registros nada desdeñables, claro está. Ni que decir tiene que lo que aparece a continuación no es más que un conjunto de notas tomadas a vuelapluma a partir de un puñado de interpretaciones, y que aunque se ha intentado que estén todas las grabaciones más divulgadas de la partitura, son muchas más las que se quedan fuera. Me hubiera gustado comentar la de Arrau y Galliera, que no he conseguido, así como la filmación de Gilels con Colin Davis, que me gustó muchísimo en su momento pero no he podido repasar (la tienen ustedes en YouTube). Tampoco intento hacer una tesis doctoral ni una guía discográfica: tomen las líneas siguiente como un mero divertimento que les puede ayudar a contrastar ideas. Son sus movimientos: Allegro molto moderato (A minor) Adagio (D-flat major) Allegro moderato molto e marcato - Quasi presto - Andante maestoso 1. Curzon. Fjeldstad/Sinfónica de Londres (Decca, 1959). La dirección del maestro noruego guarda mucho interés por apartarse completamente de la tentación schumanniana y hacer sonar la obra enteramente a Grieg, es decir, con una sanísima rusticidad y aspereza bien entendida, además de con fuerza y garra dramática, aunque también es cierto que no le saca todo el partido posible a la vertiente lírica de la página. Tampoco lo hace el pianista londinense, que parece confundir poesía con delicadeza excesivamente coqueta, pero por fortuna ofrece, además de virtuosismo más que suficiente, una buena dosis de fuego, empuje y tensión admirablemente controladas. La toma sonora ha ganado de manera considerable tras la remasterización japonesa a 96Khz/24bit, por desgracia disponible en Europa solo recurriendo a triquiñuelas. (8)     2. Arrau. Dohnányi/Concertgebouw (Philips, 1963). A sus sesenta y un años, el maestro chileno alcanza la absoluta madurez en la comprensión de este concierto profundizando de manera asombrosa en cada una de sus líneas melódicas, fraseadas con pulsación riquísima e infinita poesía, siempre desde un enfoque antes lírico y meditativo que escarpado pero sin quedarse, ni mucho menos, en lo meramente evocador o ensoñado, sino sabiendo aportar tensión interna, arrebato controlado y, sobre todo, un marcado sentido de lo doliente y lo amargo que sin duda es necesario extraer de los pentagramas para hacerles plena justicia. Dohnányi acompaña haciendo que la fabulosa orquesta suena verdaderamente a Grieg, esto es, con una rusticidad bien entendida, disecciona de modo admirable el entramado polifónico, hace uso de tempi muy holgados que permiten a Arrau explayarse con toda la minuciosidad posible y sintoniza plenamente con éste a la hora de entender la obra con un muy adecuado sentido dramático, alcanzando unos picos de tensión muy poderosos hasta concluir en un final lleno de grandeza trágica. Lástima que la grabación, ni siquiera en la nueva remasterización realizada para Eloquence, no sea la mejor posible. (10)     3. Anda. Kubelik/Filarmónica de Berlín (DG, 1963). El maestro checo hace gala de su inconfundible personalidad: elegancia, naturalidad, frescura, fluidez y una admirable inmediatez expresiva, pero también una ligereza que esta vez no se agradece sino que se encuentra fuera de tiesto, porque la levedad con que hace sonar a nada menos que a la Filarmónica de Berlín se acerca antes al universo de Schumann –en el que Kubelik dejó tan importantes lecciones sinfónicas– que a la rusticidad y el sentido de lo escarpado que exige Grieg. A Géza Anda le ocurre algo parecido: frasea sin rigidez y se muestra con ganas de hacer música de verdad, pero su sensibilidad resulta bastante superficial, entendiendo la partitura desde la ensoñación y el decorativismo más o menos paisajista, no desde la intensidad emocional. En este sentido, los movimientos extremos carecen de verdadera garra y el segundo le suena antes delicado e incluso coqueto que emotivo, lo que resulta un verdadero error. (7) 4. Kovacevich. Colin Davis/Sinfónica de la BBC (Philips, 1971). El enorme prestigio de esta interpretación no parece hoy del todo justificado. El joven Stephen Kovacevich toca muy bien, se muestra apasionado y sabe extraer un sonido muy poderoso del registro grave de su instrumento, pero su visión de la obra resulta un tanto impersonal, parca en matices y carente de la poesía de altos vuelos que demanda. Colin Davis dirige de manera extrovertida y vibrante, con garra y con energía además de –eso por descontado- un perfecto manejo de los medios a su disposición, mas se muestra tan superficial como su colega tanto a la hora de analizar la escritura orquestal como a la de hacer que ésta explique el trasfondo emotivo de la obra. Lectura tan vistosa como falta de sustancia, pues. Tampoco está especialmente bien grabada. (7) 5. Lupu. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1973). Notabilísima toma de sonido para esta interpretación sincera, intensa y con mucha garra, objetiva en el mejor de los sentidos, amén de perfecta en lo estilístico –suena a Grieg, no a Schumann–, en la que Previn demuestra un extraordinario manejo de la orquesta y Lupu un virtuosismo verdaderamente portentoso al teclado sin que ninguno deje de atender a las diferentes facetas expresivas de la obra, aunque se inclinen un poco más por la extroversión que por el aliento humanístico. Eso sí, ni el primero alcanza la fuerza poderosa de Dohnányi ni la belleza suprema de Colin Davis (el Colin Davis posterior, no el de la grabación con Kovacevich), ni el segundo la inspiración poética suprema de un Arrau o la fuerza dramática de un Gilels. Incluso a veces, pese a la riqueza de su pulsación, el pianista rumano se encuentra tan volcado en la brillantez que parece dejarse cosas en el tintero. Espléndida interpretación, en cualquier caso, a la que colabora en buena medida una Sinfónica de Londres en perfecta forma. (9) 6. Richter. Von Matacic/Orquesta de la Ópera Nacional de Montecarlo (EMI, 1974). Un comienzo poderoso y decidido que da paso a unas frases líricas muy bien paladeadas parecen anunciarnos una interpretación de altura, pero en cuanto llegan los pasajes virtuosísticos el aficionado se llega la desagradable sorpresa de encontrarse ante un Richter que sí, que entiende la obra desde el carácter escarpado y un tanto demoníaco que en él era esperable, pero que sucumbe casi por completo al mero virtuosismo sin emoción y se muestra incapaz de desplegar la sensualidad, la cantabilidad y la poesía humanística que anida en los pentagramas. Solo determinados momentos –pasajes agrestes al final del primer movimiento, sección lírica en el tercero– el ruso ofrece indicios de lo enorme pianista que es, pero aun así el conjunto no funciona. Tampoco termina de convencer la dirección tan enérgica como contundente de un Von Matacic de trazo más bien grueso, aunque al menos intenta implicarse en la partitura. Muy buen sonido en SACD. (6)     7. Arrau. Colin Davis/Boston (Philips, 1980). Han pasado solo nueve años desde su grabación con Kovacevich, pero aquí Sir Colin parece otro director completamente distinto, lo que puede en parte deberse a su propia evolución artística como a la circunstancia de tener a su lado a alguien como Arrau. No es solo que el maestro británico se tome mucho más tiempo (32’55’’, frente a los 29’22’’ de antes) para paladear las melodías con la holgura y la cantabilidad que estas demandan, sino que además se ha ganado mucho en claridad, en refinamiento, en elegancia y en nobleza, aun perdiendo en contrapartida la garra y la inmediatez de antaño. En este sentido, esta interpretación bostoniana es mayormente lírica y contemplativa, y por eso mismo se puede echar de menos, en lo que al podio se refiere, el perfecto equilibrio entre poesía y garra dramática de la dirección de Dohnányi. Obviamente Arrau vuelve a estar tan sublime como con el maestro alemán haciendo gala de una pulsación de infinitos matices –ahora aún más ricos que antes– y de una concentración incomparable, aunque aquí escorándose más claramente hacia los aspectos contemplativos de la obra. Interpretación complementaria de la anterior, pues. La orquesta norteamericana, que derrocha belleza sonora y musicalidad a raudales, se encuentra recogida de manera absolutamente extraordinaria por los ingenieros de Philips, sello que tiene la desvergüenza de mantener esta grabación fuera de su catálogo desde hace años. (10)   8. Zimerman. Karajan/Berlín (DG, 1981). Veinticuatro años tenía el pianista polaco cuando realizó este registro junto al anciano Karajan, deslumbrando al mundo musical con la que sin duda era hasta entonces, y quizá siga siendo aún, una de las interpretaciones mejor tocadas desde el punto de vista meramente técnico de todas. Resulta imposible no rendirse de asombro ante la absoluta limpieza digital de Zimerman, la asombrosa maleabilidad de su sonido –desde el fortísimo más atronador hasta las más delicadas veladuras–, la riqueza de su colorido y la capacidad para construir tensiones y distensiones con absoluta naturalidad, fraseando con la más honda concentración los pasajes líricos y alcanzando los picos dramáticos sin necesidad de forzar nada. Expresivamente, además, hizo gala de una asombrosa madurez expresiva desplegando poesía de muy altos vuelos, aunque aquí sí es cierto que no alcanza la garra dramática de un Gilels ni la genialidad creativa –llena de hondura humanística– de un Claudio Arrau. Karajan derrocha belleza sonora, fluidez, elocuencia y comunicatividad a manos llenas, pero a veces, como no podía ser menos, se le va la mano en levedad –la maravillosa melodía de los violonchelos en el primer movimiento– y en opulencia –el final–, resultando su aproximación más brillante que sincera. Admirable, en cualquier caso. (10)     9. Gilels. Berglund/Sinfónica de la Radio de Finlandia (DVD Triton, 1983). El pianismo rocoso, severo y lleno de fuerza del gigantesco pianista ruso, siempre mucho más que un enorme virtuoso (claridad impecable, sonido poderosísimo), resulta ideal para una partitura como esta, que en sus manos suena particularmente amarga y encrespada pero no por ello carece precisamente, sino todo lo contrario, de hondo y muy concentrado vuelo poético. Pueden echarse de menos, desde luego, la sensualidad y la emotividad más directa y digamos “humanista” de un Arrau, pero el impacto de la interpretación de Gilels no es menor. Espléndida la dirección de Berglund, y muy en sintonía con el solista: concentradísimo en los pasajes líricos, denso y escarpado en los dramáticos, y de muy adecuada rusticidad en lo sonoro. De propina se repite todo el segundo movimiento, maravillosamente paladeado (arriba tienen el vídeo). Lástima que la toma sonora sea monofónica y se lea lastrada por una fuerte compresión; la realización televisiva, sin embargo, es bastante digna. (10)     10. Perahia. Colin Davis/Radio Bávara (Sony, 1988). De sonido de transparente belleza y fraseo ligero en el buen sentido, aunque no siempre todo lo matizado que pudiera, Murray Perahia encuentra una absoluta sintonía con la batuta de un Colin Davis menos lento y no tan profundo como con Arrau, pero no menos lírico, noble y elegante, para ofrecer la interpretación apolínea por antonomasia, equilibrada pero no superficial, bastante schumanniana en su concepto, aunque no por ello ajena al drama: a destacar cómo en el Adagio la batuta hace cantar a la cuerda con especial amargor y el piano sabe ir construyendo tensiones para alcanzar un muy doliente clímax dramático. El tercer movimiento arranca con cierta machaconería por parte de los dos artistas, más nerviosos de la cuenta, pero por fortuna en la sección lírica central se van centrando y al final ofrecen una coda electrizante, redondeando así una interpretación de considerable altura. (9)     11. Leif Ove Andsnes. Jansons/Filarmónica de Berlín (EMI, 2002). Parece mentira que un pianista tan dotado como el noruego se limite a interpretar esta obra como un mero ejercicio de virtuosismo aséptico y sin sentido. Por descontado que toca que manera espectacular y que tiene detalles bonitos, pero solo en la maravillosa sección lírica incrustada en el tercer movimiento da muestras de auténtica sensibilidad. A partir de ahí vuelven los fuegos artificiales y la cosa se pone incluso peor, porque el señor Mariss Jansons, que hasta ese momento se había limitado a acompañar de manera lineal e incluso aburrida, se vuelve machacón y vulgar hasta decir basta. La Filarmónica de Berlín, un lujo por completo desaprovechado. (6)      12. Kissin. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts, 2011). Ha habido que esperar muchos años para escuchar al pianista ruso interpretando esta pieza clave de la literatura concertística, y lo cierto es que cuando llega la ocasión –velada de San Silvestre de 2011– las expectativas no terminan de verse satisfechas. Por descontado que su técnica es descomunal y que la obra está tocada de manera irreprochable, pero desde el punto de vista expresivo, pese a la pasión admirablemente controlada de que hace gala y de una musicalidad a prueba de bombas –no hay lugar para preciosismos ni para carreritas de cara a la galería–, Kissin no termina de destilar la poesía de un Arrau, un Gilels e incluso un Zimerman: falta una dosis algo mayor de imaginación y compromiso, aunque por descontado el nivel expresivo sea siempre alto. Rattle dirige un tanto en la línea de Karajan, con brillantez, opulencia y apreciable comunicatividad, pero con tendencia a la dulzonería en algunas frases y, por descontado, con excesivas ganas de exhibir el poderío de la fabulosa orquesta. No termina de resultar sincero, a decir verdad, y ni siquiera le termina de sonar a Grieg, aunque termina triunfando con un tercer movimiento lleno de garra y fuerza expresiva. La calidad de imagen es muy buena, pero la toma sonora no termina de ser, ni siquiera en Blu-ray, todo lo extraordinaria que podía haber sido. (8)      13. Perianes. Oramo/Sinfónica de la BBC (Harmonia Mundi, 2014). Las virtudes del pianista onubense son bien conocidas, y como era de esperar éstas le hacen rozar el cielo en el bellísimo Adagio: concentración absoluta, cantabilidad excelsa, belleza sonora extrema y poesía de altos vuelos son sus señas de identidad. Ahora bien, lo interesante es que en los movimientos extremos Perianes sabe evitar la tentación del virtuosismo vacuo y frasea con naturalidad, matiza de manera sensible y diferencia estados de ánimo sin que se pierdan el empuje, la brillantez y la garra aquí imprescindibles. Hay mucho fuego en su recreación, sí, pero fuego admirablemente controlado y acompañado de una apreciable elegancia; impresiona por su sinceridad, pero también por la rotundidad de su sonido, la cadenza del primer movimiento, así como la fuerza expresiva que imprime al final. El maestro finlandés, si bien no muy personal ni especialmente inspirado, dirige con calidez, entusiasmo e irreprochable gusto, haciendo que la orquesta (¡magnífica!) respire con holgura, evitando dulzonerías –quizá en exceso: las sublimes frases de los chelos en el primer movimiento podría estar más aprovechadas– y sin caer en la ampulosidad en un final que, no obstante, yo hubiera preferido que sonara con mayor fuerza trágica. Por otra parte, acierta al no confundir este concierto con el de Schumann y aporta un grado de rusticidad muy conveniente, redondeando así una interpretación de categoría. La toma sonora es formidable, todavía más si se la escucha en HD Audio. (9)   14. Buchbinder. Mehta/Filarmónica de Viena (Sony, Schönbrunn 2015). Nunca ha sido el pianista austríaco un artista especialmente imaginativo e inspirado, más bien lo contrario, pero lo cierto es que en este concierto veraniego en Schönbrunn se muestra al menos solvente e implicado en la música. Su sonido, por otra parte, resulta poderoso y adecuado, y su fraseo, no siempre del todo ágil, logra no caer en mecanicismos ni en carreras de cara a la galería. Lo más logrado de la interpretación de Buchbinder es el tercer movimiento, quizá porque aquí Mehta, que había comenzado la obra un tanto apresurado y alicorto de aliento poético, es donde se encuentra más cómodo desplegando empuje dramático y una rusticidad bien entendida que le sienta muy bien a la obra. Por descontado, fenomenal la orquesta y sus primeros atriles. Muy buen sonido en HD, existiendo asimismo un Blu-ray que suponemos mejorará aún más la toma sonora. (7)   15. Lang Lang. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Ante la multitudinaria audiencia del Waldbühne, el pianista chino realiza una exhibición técnica –no solo digital, sino de dominio de toda la panoplia de recursos pianísticos– verdaderamente descomunal, hasta el punto de que es dudoso que nunca nadie haya tocado mejor este concierto. Ahora bien, frente a una gran cantidad de frases dichas de manera irreprochable y a un buen número de hallazgos geniales, hay momentos en los que Lang Lang, brillantísimo, vehemente en grado sumo y comunicativo a más no poder –tremenda la cadenza del primer movimiento–, sucumbe a la tentación del virtuosismo y se echa a correr sin paladear la música, con lo que se pierde la unidad del trazo y se termina echando en falta unidad de criterio, incluso una idea expresiva global más clara de la partitura. Se podría decir que la poesía de la que hace gala el artista –hermosísimo segundo movimiento, de enorme vuelo el pasaje lírico en el tercero– resulta por momentos más cercana a Chopin que a Grieg. Por su parte, Rattle realiza una labor de gran belleza e inmediatez, dicha con trazo fino y magníficamente controlada, aunque como ya le ocurriera con Kissin, en alguna frase tienda a la blandura y, en general, se eche de menos un mayor idioma. La filmación se pudo ver en su momento en la Digital Concert Hall; ahora ha desaparecido y parece que no se incluye en la edición comercial del concierto completo, dedicado a la música de cine. Cosas del señor Lang Lang, supongo. (9)

Música Clásica y ópera de Classissima



[+] Mas noticias (Krystian Zimerman)
29 jun
Ya nos queda un d...
10 may
Ya nos queda un d...
26 abr
Scherzo, revista ...
17 abr
Ya nos queda un d...
3 abr
Ya nos queda un d...
25 nov
Ya nos queda un d...
27 jul
Ya nos queda un d...
24 may
Ya nos queda un d...
23 abr
Scherzo, revista ...
24 feb
Esfera Wordpress
25 oct
Ópera Perú
5 feb
Ya nos queda un d...
2 jul
Ya nos queda un d...
29 abr
Ya nos queda un d...
29 abr
Ipromesisposi
21 abr
Ya nos queda un d...
29 ene
Ya nos queda un d...
23 nov
Pablo, la música ...
19 sep
Ipromesisposi
13 sep
Diverdi.com (Noti...

Krystian Zimerman




Zimerman en la web...



Krystian Zimerman »

Grandes intérpretes

Piano Chopin Brahms Strauss Liszt

Desde enero del 2009 Classissima ha facilitado el acceso a la música clásica y ha expandido su público.
Classissima ayuda tanto a aficionados como a expertos de la música clásica en su experiencia con la internet.


Grandes directores de orquesta, Grandes intérpretes, Grandes cantantes de ópera
 
Grandes compositores de música clásica
Bach
Beethoven
Brahms
Chaikovski
Debussy
Dvorak
Handel
Mendelsohn
Mozart
Ravel
Schubert
Verdi
Vivaldi
Wagner
[...]


Explorar 10 siglos de la música clásica...